01·09·2019

La primera flauta

 

Pasacalles del tío Rojas

 

Yo solo tenía once años. Era junio, feria de San Pedro en Zamora. Buscaba mi primera flauta. Mi madre me acompañó a un puesto de cacharros junto a la plaza de Viriato. Y supe que allí estaba, entre cucharas y cucharones de madera. Probé su sonido, el de mi primer instrumento. A un tal Baltasar le compraría el tambor. Y en casa, a solas, empecé a descubrir el universo de la flauta y el tamboril. Comenzaba el viaje hacía el sonido, mi sonido. Aún tardaría años, media vida, en encontrarlo.

 

 

El último tamborilero

 

Charro y jota de Palazuelo de Sayago

 

Tengo entre mis manos una flauta forjada a navaja en corazón de encina y hueso de vacuno, un tamboril que luce los colores de la comarca  de Sayago —el rojo y el verde— y una porra con bolardos en ambos extremos. Me los presta Genoveva para honrar la memoria de su padre, Isaías Fadón. Su sonido rescata el eco lejano del pastor que creció en la dura posguerra y se despidió como el último tamborilero de Palazuelo.

 

 

 

Música en la frontera

 

Pasacalles y jota del tío París

 

A mi primer maestro, Pedro del Río, pertenece esta flauta de granadillo y a su abuelo, un pesado tamboril fabricado sobre un bidón de aceite. Con sus melodías viajo a La Raya para recordar al tío París, uno de los tamborileros más importantes que ha sonado en Zamora. Su música fluía entre España y Portugal, ajeno al concepto de frontera. Tan orgulloso de su amistad con Virgílio Cristal, de la Costantim lusa, como de su vestimenta, que bien lo hubieran hecho pasar por un músico portugués.

 

 

 

De mano en mano

 

Brincao y jota de Palazuelo de las Cuevas

 

En los años setenta, los tamboriles pasaban de mano en mano. Para ahorrarse un sueldo, los gaiteros se lo encomendaban al mozo más avispado del pueblo y así la ganancia era doble. Cuatro décadas más tarde, un tronco vacío, coloreado de naranja y marrón, vuelve a latir para revivir a los dos más virtuosos especialistas, los hermanos Guillermo de Palazuelo de las Cuevas (Aliste). Su música baila al ritmo de un brincao, verdadero ritmo tradicional de Zamora.

 

 

El oficio de «mariquelo»

 

Fandango de Salamanca

 

El célebre terremoto de Lisboa, de 1755, estuvo a punto de echar abajo la Catedral de Salamanca. Pero no lo hizo. Desde entonces, el «mariquelo» se ha encargado de trepar a lo alto de la Torre nueva para comprobar su grado de inclinación y, sobre todo, dar gracias a Dios por el milagro. En la década de los ochenta, Ángel Rufino de Haro añadió música a aquel noble oficio. Regalo suyo es esta preciosa porra de encina, con incrustaciones de hueso y trabajada filigrana. Suyo también es este fandango.

 

 

 

Un innovador

 

Pasacalles de bodas de Cibanal

 

El tío Pelegre de Villar del Buey fue maestro del más brillante tamborilero de Sayago. Amador García no fue el clásico intérprete. En tres décadas de carrera —entre los sesenta y los noventa— apostó por un concepto más global y abierto de la música, experimentó con partituras de otros instrumentos y empleó un estilo más propio de Salamanca. De allí también eran su tamboril, flauta y porra, instrumentos originales que ahora vuelven a la vida en mis manos.

 

 

El «carné de identidad»

 

Charro y jota de Villadepera

 

El marketing se conocía y empleaba desde antiguo en Sayago. Los tamborileros recorrían la comarca en burro, tocaban en cada pueblo unas notas a modo de «gancho» y eran recibidos por los vecinos como verdaderos dioses, conscientes de acudir como testigos a la única música posible en la época. A dos de aquellos gigantes tuve la fortuna de conocerlos en vida. «Chacales» y «Joselito» me enseñaron que la flauta y el tamboril son nuestro «carné de identidad». Un documento al que, en este tema, habría que añadir la porra, de más de un siglo de antigüedad.

 

 

 

Mi música con el mundo

 

La jota de la Pinariega

 

En 2014 me sentí preparado para participar en el Concurso Nacional de Tamborileros de Plasencia. Conseguir el primer premio no solo fue un acto de autoafirmación como intérprete, un momento feliz en mi vida, sino también el gran descubrimiento de la primera flauta temperada, trabajada por la luthier francesa Marie Hulsens, que me ha permitido compartir mi música con el mundo. La flauta de esta pieza representa a mi madre, zamorana, y el tamboril, filigrana pura, la tierra natal de mi padre, Salamanca.

 

 

 

 

 

A Quique Almendros

 

Ofertorio

 

El salterio, chicotén o tambor de cuerdas se utiliza desde el medievo como música de acompañamiento en las fiestas de los pueblos. El sonido ceremonial y esplendoroso de uno de estos instrumentos, fabricado por Isaac en Sayago, me acompaña para homenajear a uno de los grupos del que más influencia he recibido y hoy tengo la fortuna de formar parte: La Musgaña. Que este ofertorio procedente de Salamanca represente la esencia más pura de uno de sus fundadores, Quique Almendros.

 

 

 

10 Lo que la naturaleza da

 

El vuelo del buitre

 

Los pastores solían tomar elementos de la naturaleza, los tallaban en sus largas jornadas de trabajo y los convertían en verdaderos instrumentos musicales. El rumor del viento me acompaña en el empleo de uno de aquellos prodigios, una especie de flauta «fabricada» en hueso de ala de buitre. La melodía da vida a una improvisación musical que subraya lo que la naturaleza entrega al hombre, que es todo.

 

 

11 La cacha por el tamboril

 

La loba parda

 

Para evitar la pesada carga del tamboril, algunos intérpretes —pastores de profesión— empleaban la propia cacha como elemento de percusión. Añadían a la madera pequeños fragmentos metálicos que agitaban, a modo de entrenamiento, ante la incrédula mirada del ganado. Con una de aquellas cachas ­—fabricada en por José Isidro Barbero— y el sonido de una flauta de ala de buitre homenajeo la figura de Celestino Martín, virtuoso de estos instrumentos, interpretando uno de los romances más pastoriles.

 

 

 

12 Una mirada al futuro

 

Pasacalles y rumba

 

En la localidad de Peñausende hubo un tamborilero que miró al futuro. Salvador Bartolomé escuchaba pasodobles y rumbas en la radio y las «arreglaba» para estos instrumentos tradicionales. De su memoria, guardo un recuerdo entrañable y la finísima porra que me regaló, tallada a navaja por él mismo. Su percutir se mezcla con las notas de una tabla de lavar (sí, una tabla de lavar), la castañuela y una antigua flauta de Moralina de Sayago.

 

 

13 Entre cencerros

 

Canto de ronda

 

Algunos tamborileros fueron también cantores. Acompañaban su voz con el tintineo recio de los cencerros. Cuando «Lito», un cabrero de Villadepera, vendió el ganado, me hice con una parte de la colección de originales campanas que conservaba. Sus notas son el aliño musical de un canto de ronda, la forma más directa de conquistar a la moza de la que el intérprete se había enamorado.

 

 

14 Una sola alma

 

3amora

 

Impactado por la fuerza musical de la Semana Santa de Zamora, mi amigo y maestro Kepa Junkera recrea con su lenguaje personal el latido de las procesiones de la Pasión. Los doce tamboriles que se emplean en este disco resuenan en una sola percusión que, junto la inconfundible melodía de la trikitixa de Junkera, reúnen las almas de todos los tamborileros en una sola.